lunes, 18 de agosto de 2014

No olvides que una vez tú fuiste sol...


"... Donde están tus riendas
donde está tu espuma
donde abandonaste tu camino entonces
donde naufragaste haz crecer mil rosas,
y no olvides que una vez tú fuiste sol...."

sábado, 28 de junio de 2014

La yerba mate



La luna se moría de ganas de pisar la tierra. Quería probar las frutas y bañarse en algún río.

Gracias a las nubes, pudo bajar. Desde la puesta del sol hasta el alba, las nubes cubrieron el cielo para que nadie advirtiera que la luna faltaba.

Fue una maravilla la noche en la tierra. La luna paseó por la selva del alto Paraná, conoció misteriosos aromas y sabores y nadó largamente en el río. Un viejo labrador la salvó dos veces. Cuando el jaguar iba a clavar sus dientes en el cuello de la luna, el viejo degolló a la fiera con su cuchillo; y cuando la luna tuvo hambre, la llevó a su casa. «Te ofrecemos nuestra pobreza», dijo la mujer del labrador, y le dio unas tortillas de maíz.

A la noche siguiente, desde el cielo, la luna se asomó a la casa de sus amigos. El viejo labrador había construido su choza en un claro de la selva, muy lejos de las aldeas. Allí vivía, como en un exilio, con su mujer y su hija.

La luna descubrió que en aquella casa no quedaba nada que comer. Para ella habían sido las últimas tortillas de maíz. Entonces iluminó el lugar con la mejor de sus luces y pidió a las nubes que dejasen caer, alrededor de la choza, una llovizna muy especial.

Al amanecer, en esa tierra habían brotado unos árboles desconocidos. Entre el verde oscuro de las hojas, asomaban las flores blancas.

Jamás murió la hija del viejo labrador. Ella es la dueña de la yerba mate y anda por el mundo ofreciéndola a los demás. La yerba mate despierta a los dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no se conocen.

Eduardo Galeano - Memoria del Fuego, los nacimientos.



sábado, 29 de marzo de 2014

Los portadores de sueños

En todas las profecías
está escrita la destrucción del mundo.
Todas las profecías cuentan
que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida
que siempre se renueva
engendraron también una generación
de amadores y soñadores;
hombres y mujeres que no soñaron
con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.

Desde pequeños venían marcados por el amor.
detrás de su apariencia cotidiana
guardaban la ternura y el sol de medianoche.
Las madres los encontraban llorando
por un pájaro muerto
y más tarde también los encontraron a muchos
muertos como pájaros.
Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas
y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos
por un invierno de caricias.
Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños,
atacados ferozmente por los portadores de profecías
habladoras de catástrofes.
Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías
dijeron que sus palabras eran viejas
y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso
es antigua al corazón del hombre.
Los acumuladores de riquezas les temían
lanzaban sus ejércitos contra ellos,
pero los portadores de sueños todas las noches
hacían el amor
y seguía brotando su semilla del vientre de ellas
que no sólo portaban sueños sino que los
multiplicaban y los hacían correr y hablar.
De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida
como también había engendrado
a los que inventaron la manera
de apagar el sol.

Los portadores de sueños sobrevivieron a los
climas gélidos pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias
torrenciales tuvieron algo que ver con esto,
la verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especimenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se
ayudaban en el
arte de querer y en la defensa de la felicidad.

Eran felices en su mundo de azúcar y de viento,
de todas partes venían a impregnarse de su aliento,
de sus claras miradas,
hacia todas partes salían los que habían conocido
portando sueños soñando con profecías nuevas
que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores
y de que el mundo no tendría que terminar en la
hecatombe.
Por el contrario, los científicos diseñarían
puentes, jardines, juguetes sorprendentes
para hacer más gozosa la felicidad del hombre.


Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas
Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos
Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas
Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos
Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.

Los portadores de sueños conocían su poder
por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías y por eso defendían su vida aun con la muerte.
Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche.

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de
sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte;
por doquier hay paquetes con grandes lazos
que sólo esta nueva raza de hombres puede ver
la semilla de estos sueños no se puede detectar
porque va envuelta en rojos corazones
en amplios vestidos de maternidad
donde piesecitos soñadores alborotan los vientres
que los albergan.

Dicen que la tierra después de parirlos
desencadenó un cielo de arcoiris
y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.
Nosotros sólo sabemos que los hemos visto,
sabemos que la vida los engendró
para protegerse de la muerte que 

anuncian las profecías.

Gioconda Belli
Poeta Nicaragüense

viernes, 14 de marzo de 2014

La historia narrada por una mujer: Betsabé



Un intento de hermenéutica feminista
2 Sam. 11 - 12

“Yo Betsabé, quiero contar mi historia. Deseo narrar mi versión de las cosas, así como yo las viví. Posiblemente me conozcan como aquella, que sedujo a David, aquella que lo cautivó. Quien  hizo pecar al Rey, ante Yahveh. Sé que pasé a la historia, como la adúltera del Rey. Sé que se usa mi nombre, para desacreditar a las mujeres. Cuando una mujer es bella, tiene la marca de la seductora, que lleva a los hombres buenos por mal camino, es una Betsabé.
Después de tantos años, de miles… voy a referir como fueron los acontecimientos de aquel tiempo. Voy a contarlos desde mi perspectiva. Nunca antes me habían preguntado. Nunca antes. Nunca antes, había tenido quien me escuchase. Claro, que las mujeres en aquel tiempo y en otros tiempos tampoco, hemos tenido voz.
Hoy deseo sacar mi voz, hacerla que nazca desde lo más profundo de mis entrañas. Quiero con esto, dar espacio para otras voces, las de tantas mujeres que continúan siendo silenciadas, las de quienes siguen creyendo, que su palabra no tiene validez. Así lo creí yo. Y la verdad sea dicha, qué podía decir estando por medio el Rey. No había mucho espacio para mi palabra.
¿Nadie se preguntó cómo me sentía? ¿No pensaron si yo deseaba ir con el Rey? ¿No pensaron que yo era feliz con mi vida, así como estaba? ¿Acaso alguien se dio cuenta que la muerte de mi hijo, no sólo fue un castigo para David, sino un dolor espantoso para mí? ¿Qué culpa había en mí en todo esto?
Si tienen paciencia, les iré contando mi experiencia en aquel tiempo...

Hija de Eliam, esposa de Urías el hitita

Soy Betsabé, hija de Eliam y esposa de Urías, el hitita. Mi nombre significa ‘la séptima hija’, y así fue, fui la séptima hija de mi padre. Quizá les resulte extraño que me presente e identifique por la filiación de mi padre y por mi esposo. Pero así era en aquel tiempo, las mujeres no teníamos entidad jurídica, sino que éramos propiedad de varones. El padre y luego el esposo.  Se preguntarán como pasé de manos de mi padre, a ser la esposa de Urías.
Me habían dado a Urías en matrimonio, él era mi esposo y yo lo amaba. Se dijeron muchas cosas de mí, que seduje al Rey David, que fui adúltera, que fui culpable del asesinato de Urías, pero en verdad amaba a mi esposo.
Urías era un hombre noble. Se caracterizaba por ser un hombre de una sola pieza. Honrado y generoso. Pertenecía al ejército personal del Rey y tenía una lealtad a toda prueba. Urías no daba ninguna orden a sus subalternos, que él mismo no estuviese dispuesto a cumplir primero. Esto hizo, que no quisiera volver a nuestra casa para yacer conmigo, cuando el Rey se lo ordenó. Y esto le valió la muerte… pero ya llegaremos a ese punto.
No habíamos llegado a tener a hijos. Muchas veces soñaba y me imaginaba, como sería un hijo nuestro. Me hubiese gustado que fuese como Urías. Cariñoso, buen hombre, noble y valiente. Él decía que también quería algunas niñas, que tuviesen mis cabellos y mis ojos. Pero con las guerras y las batallas, mi esposo estaba poco tiempo en nuestra casa. Yo sabía que había muchas posibilidades, de que un día Urías no volviese. Siempre estaba en peligro, y acompañaba a sus soldados arriesgando su vida en cada momento. Aun así, tenía la ilusión de que tuviésemos hijos, una familia numerosa. Imaginaba que envejeceríamos juntos. Pero la historia fue otra…


El día que el Rey me vio

Vivíamos con la familia de Urías, con sus padres y sus hermanas mujeres, que aún no se habían casado. Cuando Urías iba a la guerra, me quedaba con las mujeres de la familia en la casa. Una tarde estaba tomando baños, y fue ahí cuando el Rey me vio. Él estaba paseándose por la azotea de su propiedad y de lejos me vio. Según me dijo después, él quedó prendado de mi belleza. Este hecho cambió mi vida para siempre.
Muchas veces me pregunté por qué habré sido tan bella, porqué me habrá mirado el Rey, justo en aquel momento. Pasé tantas noches despierta, preguntándome como habría sido mi vida, si el Rey no hubiese salido a caminar por la azotea aquel atardecer. ¿Cómo habría sido mi vida? ¿Habríamos envejecido juntos Urías y yo? ¿Habría muerto él en la guerra? ¿Habría sobrevivido? ¿Cómo habría sido mi historia?. Tantas preguntas que sé, que no tienen respuesta.
Pero la realidad, es que el Rey me vio. Se prendó de mi belleza. ¿Qué hacer con este cuerpo de mujer? ‘Bella’, dijo el Rey. Y esto fue motivo de querer poseerme. Sí, sépanlo. No me preguntaron si quería. Era la orden del Rey. ¡Cuántas veces rechacé este mi cuerpo de mujer! ¿Por qué no habré sido menos llamativa? ¿Por qué estos pechos y caderas? ¿Por qué este cabello tan renegrido y brillante? Sin embargo, así fue. El rey David me vio.
Cuando la hermana menor de Urías me avisó que me mandaban a buscar servidores del Rey tuve miedo. ¿Qué pasaba? ¿Urías había muerto? Pero la noticia del esposo fallecido no se comunicaba así. No, no era esta la razón, lo supe momentos más tarde.
Fui ante el Rey, y él me hizo perfumar, me vistió con los mejores vestidos. Me llevaron a su presencia a su recámara. Él me esperaba con su túnica preferida. Así lo supe alguna vez. Me dijo ‘Eres tan bella’ y se acostó conmigo. Todavía me acuerdo y me corre un escalofrío por la espalda. Se preguntarán si consentí en yacer con él. No, no consentí. Entonces ustedes dirán que me forzó. Tampoco fue así. Era el Rey, el Rey David. El Rey no pedía el consentimiento. El Rey no forzaba, no violaba. Al Rey había que complacerlo. No preguntó si amaba a mi esposo, si lo esperaba. Simplemente me tomó. Como se toma un objeto. Si yo fui propiedad de mi padre y luego de mi marido ¿Cómo no iba a ser propiedad del Rey?.
Debo decir en justicia, que fue atento conmigo. Me trató con consideración. Luego volví a la casa.
Disculpen necesito tomar un respiro. Más tarde seguimos..."

Estela Clara Grignola, CJ
en Yo, Betsabé 


lunes, 25 de noviembre de 2013

MUJER DE LA CALLE



La ciudad me recorre, mamá,
Y es de noche.
Escuchá mi llanto.
En el suelo se ven las vidas de otros hombres:
Palabras reducidas sobre papeles mojados,
Estupor de periódicos,
Botellas de plástico,
Paredes meadas,
Ideas amontonadas en cajetillas de cigarros,
Bolsas menudas y extrañas,
Agitación de horas tardías,
Licor confundido en una esquina,
Basura publicitaria,
Restos de comida.
Es de noche, mamá,
Y hace frío.
La gente me ve y guarda silencio.
El humo de los buses me ha ensuciado los días.
Vivir se ha convertido en un sudor que me nace del vientre,
En una voz pujante que está muriendo,
En un clamor resignado,
En un dolor escueto que me come las ganas,
La esperanza.
Ya no río, mamá,
Ya no juego.
Pido perdón por la pobreza.
Camino por las calles y voy desnuda.
Me revuelco en los naufragios del pasado,
En la ternura de tus ojos quedándose dormidos,
En tus manos pequeñas,
En tu grito partido, mamá,
Que vendía tortillas[1] en el Hospital,
“pasteles,
Empanadas,
Yuca frita,
¿Qué va a querer, amor?
¿Qué va a llevar?”...
¡Y nada era nuestro!
¡Nada!
Decir “mañana” era mentirnos,
Enterrarnos.
¿Dónde estás ahora?
Antes trabajaba en un comedor,
Bien peinadita,
Allá por el Parque Infantil,
Pero un día se me perdió un billete de a cinco
Y el patrón me mandó a llamar:
Me dijo que era una lástima,
Que estaba bien chula[3],
Y yo no quise;
Que la blusa me quedaba apretada,
Que era mi culpa,
Que colaborara,
Y le dije que no,
Que no fuera así;
Que la cosa se podía arreglar,
Que iba a ser amable,
Que abriera las piernas,
Y yo con ganas de llorar, mamá,
Buscándote,
Gritando;
Que “estate quieta, puta,
No te hagás la santa,
Yo te he visto”,
“¡Déjeme! ¡No quiero!”;
“Vení, perrita, sólo es un rato,
No te hagás la rogada,
El favor te voy a hacer”,
“¡No! ¡Que me deje, le digo!”...
Y me escapé, mamá.
Dios mío.
No volví a llegar.
Mi dignidad la tengo
Aunque sólo esa sea...
Aunque todos los días tenga que agachar la cabeza.
Ahora lavo y plancho ajeno,
Vendo chicles,
Lustro zapatos,
Recojo latas del Ex Cuartel para venderlas,
Limpio parabrisas cuando el semáforo está en rojo
Y pido dinero en los buses.
Yo no estudié,
Vos sabés,
No pudiste,
Nunca fuimos nada.
Aquí tampoco tengo un nombre,
No conozco a nadie,
Somos de Usulután[4],
Acordate,
No puedo regresarme,
¿Qué voy a hacer allá?
No tengo nada.
¿Qué más puedo hacer?
Ahora tengo por quién seguir,
Se llama Teto,
Tiene dos años,
Y se me está muriendo de asma en el Bloom[5].
***

Tengan muy buenas tardes...
¡No! ¡Disculpen!
¡Buenos días!
Discúlpenme también la mugre de las manos,
No se fijen en mis golpes,
No se preocupen,
No soy ladrona.
No me miren como lacra,
Por favor,
No se me asusten,
No me miren mal.
Soy madre soltera de un niño.
Se llama Ernesto,
Tiene dos años
Y me nació malito de un pulmón.
Es bien bonito, saben,
Los ojitos son negros
Y la risa es chelita como si fuera nube.
Desde el primer día lo tengo en tratamiento,
Pero la medicina es muy cara
Y yo soy pobre.
Todas las noches llora mi niño,
Pobrecito,
Se me está muriendo,
Me pide comida.
¿Y yo qué hago, seño,
Si en dos semanas no me ha salido ni una planchada?
Me pide la chiche[6],
Toda seca,
¿Y qué le doy?
¿Qué le digo?
La señora del mesón nos quiere echar,
Desde hace seis meses no le pago...
Regáleme una moneda, seño,
No es para mí,
Por favor,
No me mire mal,
No me desprecie,
Por favor,
Una moneda.
***
En las noches te quiero, mamá,
En el frío vaivén de lo que eras.
La oscuridad se me llena entonces de tu mirada,
Del resplandor inquieto de tus ojos,
De tus ojos insípidos siguiéndome por la calle;
De las voces que no han muerto
Y que van conmigo llenas de sangre,
Cansadas del mismo dolor,
Sedientas de libertad,
Fusiladas por el desdén de los cobardes,
Condenadas al destierro y la penumbra;
De tus manos escasas alborotándome el pelo,
Ordenándome la falda,
Despidiéndome cuando iba a vender con mi canasto;
De tu boca insipiente besándome la cara,
Trayéndome al mundo una y otra vez...
El niño llora, mamá,
Tiene hambre.
A veces le canto para que se duerma,
Pobrecito.
¿Cuándo lo vas a conocer?
Le digo que tiene cabeza de ayote[7],
Que hay una niña que junta las flores que van sobre el agua,
Que “Señora Santana,
¿Por qué llora el niño?
Por una manzana
Que se le ha perdido.
Vaya usté a mi casa,
Allá tengo dos,
Una para usted
Y otra al niño Dios”...
Pero me quedo callada,
Titubeo,
Me da miedo que no despierte,
Que se me vaya apagando poco a poco.
Es muy pequeño...
Es de noche, mamá,
Y tengo frío.
Me dejaste muy pronto.
No estaba lista.
¿Vas a volver?
¿Dónde estás?
¿Quién va a tomar mi mano?
¿Quién va a secar mi llanto?
¿Quién va a defenderme?
¿Dónde estás?
Dame una moneda, mamá,
Por favor,
Un abrazo,
Una sonrisa...

Violeta Alejandra Chichique Martínez, estudiante de la UCA. Poema ganador del Certamen de Poesía con motivo del XXIV Aniversario de los y las Mártires de la UCA. El Salvador


[1] Tortilla de maíz: oblea de masa de maíz nixtamalizado (con cal) o de harina de maíz, que acompaña las comidas.
[2]
[3] Bonita
[4] Zona en el Oriente de El Salvador
[5] Hospital de Niños ‘Benjamín Bloom’ en San Salvador, República de El Salvador
[6] El pecho de la mujer
[7] Zapallo, calabaza