lunes, 25 de febrero de 2013

APRENDER A DESPEDIRSE BIEN

Las despedidas forman parte del recorrido como seres en proceso que somos, y en el que nos vamos configurando como personas a través –entre otras cosas- de pérdidas y encuentros.  Buena parte de la evolución positiva de este recorrido depende de haber aprendido a aceptar las pérdidas.

Estas pérdidas pueden pertenecer a ámbitos muy distintos: material, físico, existencial, social, intelectual, etc.  Pueden ser pérdidas de bienes ya poseídos, o que esperábamos poseer en el futuro.
La tarea de despedirse suele estar acompañada por emociones desagradables: vacío, tristeza, dolor, ansiedad, rabia… Aunque sean desagradables, lo más sano es pasar por estas sensaciones porque son acordes con la realidad que estamos viviendo.  Y por el contrario, la evitación de las mismas es una comprensible tentación.

 COMO NO DESPEDIRSE BIEN: CREENCIAS DISFUNCIONALES:

a)    Puedo hacer algo que me evitará pasar por el dolor.  Detrás de esta creencia se ubican las que siguen.  Parte de suponerse con más poder del real, y querer que la vida no tenga pasajes dolorosos.  Creencia propia de la personalidad evitativa.
b)    No hay derecho a que esto me pase a mi.  Se cree un ser especial y superior al resto de los mortales.  Propio de la personalidad narcisista.
c)     Si me esfuerzo, lograré que no me deje.  Parte de la creencia que se tiene poder sobre los demás, aunque ellos no nos lo den.  Lleva a presionar (le obligo por la fuerza o lo amenazo) y a chantajear (me enfermo y así no me deja) y viciar el recuerdo o lo que quede de la relación.  Propio de personalidades límites.
d)    Me sentiré mejor si encuentro un culpable. Se busca un chivo expiatorio (Dios u otras personas) porque se niega que la realidad esta hecha así.
e)    No podré soportarlo, no podré salir adelante sin esto.  Le sucede a personas dependientes, que inhiben sus capacidades y recursos ante la pérdida.
f)     Si me encastillo en mi bronca sufriré menos. Parte de la adicción a la rabia y la fobia a la tristeza, y lleva al enquistamiento del dolor.
g)    Si no me entero de la despedida, es como si no se hubiera dado.  Pensamiento mágico del niño que hace desaparecer lo que no le gusta.
h)    Nunca será como antes.  Propio del pensamiento rígido, que corta toda realidad en dos partes, “todo o nada”.
i)      Yo me lo busqué (y por tanto debo sufrir).  Parte de un concepto masoquista de la vida, con una visión insana de la culpa (en caso que hubiese culpa real por la pérdida)

COMO NO DESPEDIRSE BIEN: MODALIDADES FRECUENTES

a)    La pataleta. ¡No quiero, no quiero, no quiero! Reacción del niño cuando llora furioso porque no consigue lo que quiere.  A veces estas reacciones se encuentran en gente adulta.
b)    La mariposa disecada.  El resentimiento ante la pérdida es callado y sutil.  Se niega ese resentimiento, pero se actúa desde él mediante la negativa a despedirse, manifestándose en la congelación devota del pasado.  No se modifican los escenarios, todo queda como embalsamado (la habitación del difunto, el horario intocado…).
c)     El agujero del queso.  La vida es un queso gruyere, está llena de agujeros.  Hay gente que al contemplar los huecos de la vida es como si se dejasen hipnotizar por ellos, y en lugar de despedirse de expectativas no colmadas, se quedan ahí, mirando y mirando el pasado con melancolía.
d)    El rico paralítico.  Un niño abrazado a todos sus juguetes, sin ningún deseo de compartirlo con su hermano… que encuentra un piolín en el suelo y se pone a jugar con él.  El dueño de todos los juguetes no puede jugar con ellos porque sus brazos están ocupados en acumularlos, mientras mira cómo juega su hermano, que no tiene ninguno.  Es la gente que reemplaza el dolor acumulando cargos políticos, más trabajos de los que puede hacer, más vestidos de los que puede usar, más cursos de los que puede digerir.
e)    La despedida del chicle.  Quien sufre la despedida se comporta como quien pisa un chicle: no hay manera de desprenderse de él.  Hace intentos, de a ratos se olvida, pero en cuanto quiere andar aparece el incordio.
f)     ¡Al fin solo! Es la despedida del cobarde.  No se animaba a separarse, pero a fuerza de ineptitud o sabotaje logra que lo echen o lo dejen… con la ventaja de la imagen del martirio o de la víctima.
g)    ¡No pasa nada! Evita la despedida mediante la negación de la relación afectiva con lo que pierde.  No vive la despedida porque no hay tal: nunca llegó a estar verdaderamente relacionada con el bien o la expectativa perdida.

COMO DESPEDIRSE MAS O MENOS BIEN

“Mas o menos bien” significa que no puede evitarse el paso del dolor y la tristeza que toda despedida conllevan, tanto las que son impuestas por la vida como las que son elegidas por la renuncia.
Despedirse no es un acto, sino un proceso similar al de la herida: nos duele, nos hace gritar, pedimos socorro, desinfectamos la herida, se cura y hay que esperar a que cicatrice.
He aquí algunas pistas que ayudan a vivir la despedida:
1.    Valorar los regalos de la vida, aunque tengan taras.  La vida es un tejido artesanal, con nudos y desigualdades que resaltan su cualidad de producto humano.  Las relaciones humanas suelen ser lugares sensibles a este tipo de desigualdades, y nunca serán perfectas.  Crecer significa despedirse de Disneylandia, de un mundo completo, maravilloso y feliz.  Pero valorar los aspectos positivos de nuestras relaciones con otros ayudará a no ampliar los adioses más de lo necesario.
2.    Calibrar cuándo es el momento de despedirse.  Dentro del proceso de una despedida, será necesario evitar tanto la precipitación como la demora.  La primera es una huída hacia delante; la segunda nos paraliza en nuestra fantasía.
3.    Aceptar todas las emociones que el proceso conlleve, aunque algunas sean aparentemente absurdas.  Nuestras emociones y sentimientos no siempre son lógicos.  Está bien reconocer su existencia, permitiéndome sentirlo y respetando su irracionalidad.  Esto es necesario hacer especialmente con el sentimiento de culpa, muy frecuente en las pérdidas.
4.    Cerrar asuntos pendientes.  No se trata de asuntos materiales, sino de aspectos internos, sobre todo la expresión de emociones y pensamientos nunca dichos en relación con la persona o cosa que se despide.  Muchas veces esta expresión será simbólica, para lo cual sirve el ejercicio de “la silla vacía”, o bien una carta, o bien una fantasía guiada.
5.    Desprenderse de lo que se va: reducir las fronteras del “tener” y ahondar en el interior del “ser”.  Es importante hacer conciente que la perdida de lo que tenemos (una relación u objeto) no reduce nuestra esencia existencial, el “ser” quien soy.  Al contrario, podemos aprovechar la pérdida para ahondar en la propia identidad, valorando cómo seguimos siendo sin aquello que se perdió.
6.    Aceptar la herencia.  Significa valorar lo que nos deja esa despedida, lo positivo que me aportó, los aprendizajes que hice mediante este vínculo que ya no está, las experiencias de belleza y bondad que pude transitar.  La despedida se convierte así en ocasión para un balance, desechar lo que no nos vale y quedarnos con los rubíes secretos que encontré.  Es ocasión para agradecer esos regalos y guardarlos en un lugar de nuestra intimidad.
7.    Celebrar el ritual de despedida.  Sobre todo cuando la despedida deja un vacío, un hueco (por jubilación, fallecimiento, mudanza, etc.), ayuda celebrar un ritual proporcionado a la pérdida y la situación.  El carácter terapéutico de un ritual se da cuando, en compañía de personas significativas, se declara públicamente la pérdida y encuentro recepción a las emociones y sentimientos que me inundan.
8.    Darse tiempo para cicatrizar la herida.  Permitirse vivir el “luto”, aceptando la inestabilidad emocional, la disminución energética y los sentimientos depresivos.  El luto es tiempo para reestructurar la vida sin el objeto que se perdió.  Es tiempo para darme permiso de buscar apoyo y consuelo.
9.    Dejarse encontrar por la vida.  La vida es un proceso de retirada y contacto, de pérdidas y encuentros, de desiertos y tierras prometidas.  El aceptar con alegría y sin culpas los nuevos hallazgos y regalos, no es negación de los afectos vividos ni infidelidad a aquellos.  Más bien es un homenaje que le hacemos al poder encarnar en el presente la sabiduría vital que me aportaron en el pasado.
 
Ana Gimeno-Bayón[1]



* Resumen del último capítulo del libro “14 APRENDIZAJES VITALES”, editado por Carlos Alemany, S.J., Editorial DDB, Bilbao, 2000, pp 274-292.
[1] Licenciada en Derecho (Universidad de Barcelona), Dra. en Psicología Corporal (Universidad de Deusto), miembro fundadora de Psicoterapia Integradora Humanista, co-directora del Instituto Erich Fromm de Psicología Humanista.

1 comentario:

  1. Estela: me gustó mucho el artículo. No me conformo con una sola lectura. Gracias...
    Flor (de Mendoza)

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